Un día el sol nació como resultado del polvo de un millón de estrellas uniéndose. Cuando abrió los ojos por primera vez y se dió cuenta de lo gigante del universo quiso recorrerlo pero había una fuerza más grande y más poderosa que él que no le permitía moverse, lo único que podía hacer era dejarse llevar por la corriente que lo arrastraba de aquí para allá.
El sol se dio cuenta de que con su presencia, cosas extrañas empezaban a pasar en las estrellas que visitaba: cambiaban de color, cambiaban de dirección, y nuevas estrellas se formaban a su paso. A veces se preguntaba si él era algo así como un Rey o un Dios, y si era así, ¿por qué no podía recorrer la inmensidad de las galaxias?
Al principio todo era nuevo y emocionante, pero con el paso del tiempo, después de ver lo mismo una y otra vez se empezó a aburrir y se preguntó si su existencia sería miserable por el resto de la eternidad. ¿O algún día desaparecería de nuevo?, ¿se convertiría en una de esas estrellas que a veces veía brillar con intensidad hasta desvanecerse?
Todos los días deseaba con fuerzas que alguien o algo viviera a hacerle compañía. Trataba en vano de hablar con las estrellas: ellas jamás respondían, parecía que todo a su alrededor estaba vivo y a la vez muerto porque nadie podía comunicarse con él.
Hasta que un día una de las estrellas más grandes fue impactado por una roca gigante, incluso el sol estuvo a punto de ser golpeado pero la fuerza lo jaló justo a tiempo. Y ahí; delante de él parecía estarse formando algo nuevo, algo que no había visto aún. El sol no podía contener su emoción mientras las pequeñas piezas de la estrella se unía poco a poco.
Cuando terminó el proceso el sol no pudo evitar su decepción al ver que la nueva estrella en realidad parecía mas una roca sin vida. Pero en cuanto la Luna abrió sus ojos, miró directo al sol y quedó enamorada de su resplandor, y el Sol quedó hipnotizado con su dulzura. Y por primera vez, escuchó el sonido de otro ser:
-Tu brillo es hermoso - le dijo la Luna, y el Sol ardió con tanta fuerza que la Luna pudo sentir su calor y creció en tamaño.
Y así, cada día la Luna crecía más y más. Hasta que se dio cuenta de que poseía un poder que nadie más tenía: podía controlar hasta cierto punto a fuerza que movía a las demás estrellas. La Luna se había dado cuenta de lo mucho que el sol deseaba recorrer el universo, así que un día le propuso lo siguiente:
-Esta noche, cuando todos en mi planeta duerman, quiero darte la oportunidad de ir a donde no haz ido aún: tendrás una hora para moverte hacía el otro lado de universo, donde no puedas hacer daño a los habitantes de mi estrella.
-Yo jamás haría daño a nadie -respondió el Sol un poco ofendido.
-Sé que no lo harías intencionalmente, pero eres tan brillante y ardes con tanta fuerza que destruirías a mi gente, temo que incluso me destruirías a mí.
El sol se quedó pensativo por un rato y luego dijo:
-¿Eso significa que jamás podré acercarme a ti?
La Luna cerró los ojos y asitió.
-No podemos estar juntos pero puedo ayudarte a cumplir tu sueño de ir a visitar otras partes del universo, y cuando regreses, puedes contarme todo y será como si yo hubiese estado ahí.
Esa misma noche el sol partió por primera vez y sintió una alegría que inundaba todo por donde pasaba. Desde entonces, cada noche el sol sale a viajar por el universo, y durante el día le cuenta a la Luna todas sus aventuras.

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