Nadie se burlaba de él. Al contrario, sus compañeros admiraban su inteligencia. Sin embargo, cuando terminaban las clases, Rooney desaparecía. Nunca iba a fiestas ni salía con nadie. Pasaba las tardes estudiando o adelantando trabajos. No tenía amigos cercanos. Aun así, no era infeliz.
Siempre había sabido que, al terminar la preparatoria, obtendría una beca y se marcharía lejos. Escogió Suiza porque amaba los idiomas, hablaba francés con soltura y le emocionaba la idea de experimentar un invierno de verdad.
Cuando llegó el día de partir, empacó todas sus pertenencias con extremo cuidado. Pero dedicó más tiempo a preparar las cosas de Kiuty que las suyas. Kiuty era un pequeño conejillo de indias blanco, cubierto de manchitas negras. Su madre se lo había regalado un año atrás por su cumpleaños y, desde entonces, se habían vuelto inseparables. Kiuty tenía hábitos extraños, le encantaban los chiles jalapeños. Rooney todavía se reía al recordar la primera vez que lo vio devorar uno sin inmutarse. A veces, cuando su madre lo permitía, incluso le daba pequeños trozos de habanero. El animal los masticaba feliz mientras Rooney lo observaba fascinado.
-¿Estás seguro de que podrás estudiar y cuidar a Kiuty tú solo? -preguntaba su madre una y otra vez.
Rooney siempre respondía igual: con un asentimiento firme. Le molestaba que dudara de él.
Las primeras semanas en la universidad fueron mejores de lo que había imaginado. Sus calificaciones seguían siendo excelentes y, por primera vez, había conocido personas con intereses parecidos a los suyos. Por las tardes caminaba por el parque cercano a su departamento o jugaba videojuegos mientras Kiuty descansaba sobre sus piernas. Todo parecía perfecto excepto por una cosa: encontrar chiles era mucho más difícil de lo que esperaba. Al principio no le dio importancia, pensó que Kiuty se acostumbraría. Pero poco a poco comenzó a notar cambios: ya no corría hacia la puerta de la jaula cuando lo veía llegar, dormía más horas de lo normal, comía menos.
Una tarde, Rooney lo tomó entre sus manos.
-¿Qué te pasa, amigo?
Kiuty apenas reaccionó. La preocupación apareció por un instante, pero los exámenes finales estaban cerca y tenía demasiado trabajo acumulado. Convencido de que solo estaba cansado, lo dejó descansar.
Pasaron varios día hasta que ocurrió algo que lo hizo replantearse todo: durante una comida con algunos compañeros, Rooney estaba mostrando fotografías de su preparatoria cuando apareció una imagen de Kiuty.
Las reacciones fueron inmediatas.
-¡Qué adorable!
-¿Cuántos años tiene?
-¿Cómo se llama?
Rooney respondió a todas las preguntas con una sonrisa hasta que una chica frunció el ceño.
-Espera... ¿solo tienes un conejillo de indias?
-Sí -respondió él.
La sonrisa desapareció del rostro de la joven.
-¿No lo sabías? Aquí es ilegal tener solo uno.
Rooney parpadeó.
-¿Qué?
-Los conejillos son animales muy sociables. Necesitan compañía. Si viven solos pueden deprimirse.
El corazón le dio un vuelco, de repente recordó los cambios de Kiuty: su apatía, su falta de apetito, las largas horas durmiendo.Se levantó tan rápido que casi tiró la silla y corrió directo a casa. Durante todo el trayecto una sola idea martillaba su cabeza.
Cuando abrió la puerta del departamento, el silencio le pareció insoportable. Se acercó a la jaula y sintió que el mundo se detenía. Kiuty permanecía inmóvil, no se movió cuando Rooney pronunció su nombre, no levantó la cabeza, no abrió los ojos.
-No... no, por favor...
Las lágrimas le cayeron despacio por las mejillas. Tomó a Kiuty con cuidado y salió corriendo rumbo al veterinario. Apenas podía respirar.
-Aguanta, por favor... aguanta...
Faltaban solo unos metros para llegar cuando sintió un pequeño movimiento entre sus brazos. Se quedó inmóvil, Kiuty abrió lentamente los ojos y luego emitió un suave chillido. Rooney soltó una carcajada entre lágrimas, nunca había sentido un alivio tan grande.
Faltaban solo unos metros para llegar cuando sintió un pequeño movimiento entre sus brazos. Se quedó inmóvil, Kiuty abrió lentamente los ojos y luego emitió un suave chillido. Rooney soltó una carcajada entre lágrimas, nunca había sentido un alivio tan grande.
Esa misma noche llamó a su madre.
-¿Pasa algo? -preguntó ella al contestar. - Son las 2 de la mañana aquí.
-Sí -respondió Rooney, secándose los ojos. -Quiero pedirte mi regalo de cumpleaños adelantado.
-Ajá, ¿y qué quieres?
Rooney miró a Kiuty, que descansaba envuelto en una mantita. Sonrió.
-Otro conejillo de indias.

1 comentario:
Uy siempre es bueno cuidar a nuestras mascotas y hacerlas felices. Te mando un beso.
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